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En México, la élite neoliberal que se benefició históricamente de la opresión y el abuso carga una herida profunda: la existencia misma de la izquierda. Y…
En México, la élite neoliberal que se benefició históricamente de la opresión y el abuso carga una herida profunda: la existencia misma de la izquierda. Y no me refiero solo a partidos o gobiernos, sino a algo más profundo: a las ideas, los símbolos, la memoria histórica y la aspiración popular que representa la izquierda. Es un trauma que se activa en quienes vivieron siempre desde el privilegio y no conciben que el pueblo se atreva a levantar la voz, tomar decisiones o existir políticamente. Les duele que el pueblo que oprimieron se indigne, exija y recuerde su historia.
Esa herida volvió a sangrar esta semana en la Ciudad de México, cuando la alcaldesa de la delegación Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, ordenó retirar las estatuas del Che Guevara y Fidel Castro del parque Tabacalera. Lo hizo —según su comunicado— por irregularidades en el proceso de instalación y a petición de “los vecinos”. Pero quedó claro que, detrás del pretexto “técnico”, existe una intención política: borrar de la vista pública todo lo que represente a la izquierda, lo que incomoda a quienes no quieren que el pueblo recuerde la lucha social.
Las estatuas no eran el problema. El problema era lo que simbolizaban. Y en un país donde la historia se ha contado desde la oligarquía, la memoria de la lucha siempre resulta escandalosa.
El Che y Fidel son solo el reflejo de lo que la derecha no soporta: libertad.
Es curioso que quienes se escandalizan por figuras de la izquierda revolucionaria (con sus errores) nunca se incomoden por calles dedicadas a asesinos coloniales, saqueadores financieros o dictadores de derecha. Lo que realmente les molesta no es la violencia, sino que los de abajo se hayan atrevido a desafiar el orden establecido.
Esa es la gran herida del conservadurismo: no perdonan que los pueblos oprimidos quisieran cambiar las cosas. Que los pobres se organizaran, que los estudiantes marcharan, que los campesinos empuñaran el machete. Es un miedo ideológico y emocional: el miedo de quienes construyeron su éxito abusando de los más pobres. Temen que los excluidos reclamen su lugar.
Este trauma explica por qué, durante décadas, el Estado mexicano persiguió con sospecha a todo aquel que tuviera ideas progresistas. Basta recordar los expedientes de inteligencia fabricados en los años 70 contra académicos, sindicalistas y estudiantes.
Ni hablar de Díaz Ordaz, cuyo nombre quedó como sinónimo de represión y miedo al pensamiento libre. La masacre de Tlatelolco en 1968 no fue solo un crimen de Estado: fue la manifestación más violenta del pánico de la élite gobernante ante una juventud organizada que leía, debatía y exigía un país distinto. El mensaje era claro: en México, atreverse a cuestionar al poder se paga con sangre. Ese trauma conservador sigue vivo hoy, aunque no se viste con bayonetas, sino con grúas municipales y decretos administrativos.
Los padres de la presidenta Claudia Sheinbaum, Carlos y Annie, fueron parte de esa generación de científicos y universitarios vigilados por el Estado. Se les fichó y persiguió no por delitos, sino por pensar distinto. Por estar del lado del pueblo. Por tener simpatías con el socialismo en un país donde hablar de redistribución era considerado peligroso.
La elección de Sheinbaum al cargo más alto del país no es solo un triunfo electoral. Representa el pánico de las élites al ver en Palacio Nacional a la hija de aquellos que fueron vigilados por defender un pensamiento crítico. Y eso, para ellos, es imperdonable.
Comunismo, socialismo y el nuevo humanismo mexicano
Desde la derecha se lanza la palabra “comunista” como insulto, sin entender su verdadero significado. Cualquier intento de justicia social o redistribución es descalificado con etiquetas vacías, diseñadas para sembrar miedo.
El comunismo propone abolir la propiedad privada y que el Estado controle los medios de producción, para crear una sociedad sin clases. Aunque derivó en regímenes autoritarios en algunos países, reducir todo pensamiento progresista a esa idea es una distorsión.
El socialismo busca equilibrar los excesos del capitalismo mediante políticas de redistribución, acceso universal a salud y educación, y defensa de derechos laborales. No elimina la iniciativa privada, pero antepone el bienestar colectivo al interés individual.
El humanismo mexicano, propuesto por López Obrador y continuado por Claudia Sheinbaum, se aparta de dogmas extranjeros. Pone al pueblo mexicano en el centro de la vida pública: garantizar derechos, fortalecer la comunidad y proteger la soberanía. Se basa en una moral pública que reconoce el valor del otro, especialmente del más vulnerable.
Lo que realmente asusta a la élite no es una utopía soviética, sino que alguien cuestione un modelo donde unos ganan todo y otros apenas sobreviven.
Quizá todo se resume en una pregunta ética: ¿se puede ser exitoso en un país desigual sin asumir responsabilidad?
La derecha responde que sí, que basta con “no robar” o “hacer lo tuyo”. Pero eso no basta.
Tener éxito económico debería implicar no pisotear a quienes no lo tienen. Debería implicar abrir caminos, empoderar a los excluidos y apoyar a quien no tuvo oportunidades. Lo que sí es inmoral es enriquecerse despreciando al pobre.
Por eso el neoliberalismo no duerme tranquilo cuando ve una estatua del Che o Fidel. No por miedo a una revolución violenta, sino porque algo se mueve en la conciencia nacional: el patriotismo revive. Y eso basta para que tengan miedo.
La verdadera amenaza para quienes viven del privilegio no es la izquierda armada. Es la izquierda organizada, crítica y pacífica. Es la memoria de quienes no se rinden. Es la política hecha desde abajo, con errores, pero con verdad y valor.
Porque a diferencia de ellos, la izquierda no busca venganza, sino justicia. No queremos su caída, sino igualdad. Y eso —precisamente eso— es lo que más los asusta.












