En Estados Unidos no existe engaño: allá se reconoce de frente el sesgo político de cada medio. Fox News es republicano, CNN se alinea con los demócratas. El ciudadano sabe desde qué trinchera le hablan y puede leer las noticias con ese filtro.
En México, en cambio, se inventó la ficción de la imparcialidad. Los grandes consorcios mediáticos se disfrazaron de jueces neutrales, cuando en realidad operaban como voceros del poder político y económico. La mal llamada “línea editorial” nunca fue un ejercicio honesto de transparencia, sino un mecanismo de control.
Televisa, bajo Emilio “El Tigre” Azcárraga, se declaró “soldado del PRI y del presidente”. Décadas de servilismo y propaganda borraron de pantalla a toda oposición. En 2012, documentos filtrados revelaron coberturas favorables a Enrique Peña Nieto y campañas para garantizar la derrota de López Obrador. Todo a cambio de dinero.
El caso Florence Cassez mostró hasta dónde llegaba el secuestro de la verdad: un operativo presentado como en vivo, transmitido por Carlos Loret de Mola, que no era más que teatro con complicidad de autoridades. Millones fueron engañados.
Joaquín López-Dóriga recibió más de 250 millones de pesos en publicidad oficial durante el sexenio de Peña Nieto. ¿Cómo podía ser contrapoder alguien que vivía de la mano del gobierno? Documentos de 2019 revelaron a decenas de periodistas que recibieron millones a cambio de lealtad: Federico Arreola, Enrique Krauze, Beatriz Pagés, Ricardo Alemán, Adela Micha, entre otros.
TV Azteca, bajo Ricardo Salinas Pliego, incitó a desobedecer medidas sanitarias durante la pandemia, mostrando que los medios dejaron de informar para convertirse en escudo empresarial.
El problema no es tener una visión, sino disfrazarla de objetividad. Mientras Fox o CNN reconocen su sesgo, aquí se construyó la mentira de la neutralidad. Reforma, El Universal, Milenio, todos han operado bajo líneas editoriales definidas, sin reconocerlas de manera honesta.
Ese es el verdadero secuestro de la verdad: la manipulación disfrazada de imparcialidad. La línea editorial debería declarar de frente qué intereses se defienden y, aun así, transmitir la verdad.
En 2012, el movimiento #YoSoy132 rompió el silencio. Luego llegaron las redes sociales, y el pueblo pudo contrastar voces y descubrir que la verdad no dependía de un conductor televisivo.
Hoy, las televisoras y los viejos periódicos ya no dominan la verdad. El ciudadano merece saber si lo que lee responde a una postura conservadora, progresista, empresarial o social. Eso fortalece el compromiso con la verdad, liberando al lector de la supuesta neutralidad.
🇲🇽 El cuarto poder debe dejar de ser verdugo y recuperar su papel de contrapeso ciudadano. Que caigan las máscaras, los montajes y los chayotes. La democracia mexicana exige un periodismo honesto.
✊🔥 La verdad no pertenece a las empresas ni a los dueños de concesiones, pertenece al pueblo. Y un pueblo armado con verdad jamás volverá a ser esclavo.














