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Hoy, en muchas casas de México, se enciende la primera veladora de la ofrenda. La tradición la dedica a quienes murieron de forma violenta o trágica, las á…
Hoy, en muchas casas de México, se enciende la primera veladora de la ofrenda. La tradición la dedica a quienes murieron de forma violenta o trágica, las ánimas que no llegaron a su destino. En la historia política del país, esa veladora tiene un nombre propio.
El 1 de julio de 1928, Álvaro Obregón ganó la presidencia por segunda vez. El 17 de julio, en el restaurante La Bombilla de San Ángel, José de León Toral lo asesinó. Obregón nunca volvió a tomar posesión. El país se quedó sin el hombre alrededor del cual se había organizado todo.
En su último informe, Plutarco Elías Calles dijo que México debía dejar de ser un país de un solo hombre para convertirse en una nación de instituciones. Al año siguiente fundó el PNR. Y durante seis años gobernó por encima de tres presidentes, hasta que el cuarto, Lázaro Cárdenas, lo mandó al exilio en 1936.
Esa es la lección incómoda de 1928: un movimiento construido alrededor de una persona descubre que no tiene reglas el día que esa persona falta.
El domingo, Brasil reeligió a Luiz Inácio Lula da Silva con 51.8% de los votos, frente a 48.2% de Flávio Bolsonaro. Remontó una primera vuelta que había perdido. Hoy cumple 81 años y gobernará hasta 2031.
Viri Ríos llamó a ese triunfo inesperado y emotivo, pero también una advertencia: el bolsonarismo se quedó con el Congreso, y Morena, como el partido de Lula, ha sido mejor reduciendo la pobreza que construyendo una clase media próspera.
Los resultados guardan otra advertencia, menos visible. En octubre de 2022, días antes de ganar, Lula prometió que sería “presidente por un período”. Cuatro años después volvió a ser candidato. El 4 de octubre, Fernando Haddad, señalado como uno de sus posibles sucesores, perdió la gubernatura de São Paulo con 36% de los votos: su cuarta derrota consecutiva. Lo venció Tarcísio de Freitas, que se reeligió con casi 63% en primera vuelta, le agradeció a Jair Bolsonaro y quedó colocado para 2030.
La derecha brasileña perdió la presidencia, pero ya tiene sucesor. La izquierda ganó la presidencia y sigue sin uno.
El caso no es aislado. En Ecuador, Rafael Correa impulsó a Lenín Moreno en 2017; Moreno rompió con él y al año siguiente eliminó por consulta la reelección indefinida. En Brasil, Dilma Rousseff, la sucesora elegida por Lula, fue destituida en 2016 en plena recesión. En Argentina, Cristina Fernández escogió en 2019 a Alberto Fernández como candidato y se reservó la vicepresidencia; el gobierno vivió cuatro años de guerra interna mientras la inflación superaba 200% anual, y en 2023 el peronismo perdió ante Javier Milei. En Bolivia, Evo Morales y Luis Arce se disputaron el MAS durante años; en agosto de 2025, después de dos décadas en el poder, su candidato obtuvo 3.1%.
Cuando la pelea por el liderazgo coincide con un deterioro en la vida diaria de la gente, el electorado no castiga a una facción. Castiga al movimiento completo.
En México, Gabriel Zaid escribió hace un mes que el maximato cruje. Recordó que López Obrador destapó a Claudia Sheinbaum desde 2021 y la acompañó en toda la campaña, y enumeró las divergencias que vinieron después: la estrategia de seguridad de Omar García Harfuch, la distancia frente al caso de Rubén Rocha Moya. Y citó a la presidenta: “Esta idea de que detrás de la Presidenta está gobernando López Obrador es una idea muy machista”.
Leo esa distancia, si se consolida, como una buena noticia institucional y no como una traición. La serie latinoamericana sugiere que los proyectos que sobreviven a su fundador son los que ponen la institución por encima de la lealtad personal, y los resultados por encima del relato. Cárdenas rompió con el Jefe Máximo, pero amarró esa ruptura a decisiones que la gente pudo ver, y el partido sobrevivió a quien lo había fundado. La responsabilidad política, en ese sentido, no consiste en ser leal al jefe ni al grupo: consiste en dejar reglas que funcionen cuando el jefe ya no esté. Y Ríos tiene razón en lo otro: ningún discurso sustituye un ingreso que alcanza.
La veladora de hoy es por los que no llegaron. Brasil acaba de mostrar otra forma de no llegar: volver a ganar con el mismo hombre porque nadie más pudo.
Ganar es cosa de una noche. Heredar es cosa de instituciones.











