Tecnoferencia es un término poco conocido, pero ampliamente vivido. Fue acuñado por los investigadores norteamericanos Brandon T. McDaniel y Jenny S. Radesky para describir la interferencia de los dispositivos tecnológicos en la comunicación cara a cara. Es decir, cuando el celular, la tablet o la computadora se interponen entre tú y quienes te rodean, robando la atención que debería estar en una conversación, una mirada, un gesto compartido.
Y no se trata de satanizar la tecnología. Hoy por hoy, estar conectados a internet es prácticamente una necesidad: trabajamos, estudiamos, gestionamos citas médicas, compras, trámites y, por supuesto, nos comunicamos a través de redes y plataformas.
El 20º Estudio sobre los hábitos de usuarios de internet en México 2024, realizado por la Asociación de Internet MX, revela que ya somos más de 101 millones de internautas, el 84% de la población mayor de seis años. Además, casi el 40% de las personas pasan más de nueve horas conectadas al día, y la actividad más frecuente es el envío de mensajes instantáneos.
Conectar digitalmente se ha vuelto algo cotidiano e incluso valioso. Pero, ¿Qué pasa cuando esto se convierte en la norma y dejamos de mirar a los ojos a quienes tenemos cerca? El problema no es enviar un mensaje o revisar una notificación. El verdadero conflicto aparece cuando permitimos que esas interacciones virtuales sustituyan –o saboteen– el contacto humano directo.
A veces creemos que podemos con todo: revisar el celular y al mismo tiempo escuchar a nuestra pareja o hijo, contestar un mensaje y seguir la conversación con una amiga. Pero lo cierto es que el cerebro humano no está diseñado para hacer multitarea en contextos que exigen atención plena.
La ciencia lo confirma: estudios publicados en la revista Nature señalan que la multitarea intensa afecta nuestra concentración, incrementa el estrés y provoca olvidos. En resumen, estar en dos lugares al mismo tiempo es una ilusión que cobra factura.
Lo más delicado de este fenómeno es que la persona que está frente a nosotros –esa que quizá espera una palabra, un gesto, una escucha real– termina sintiéndose ignorada, poco importante, desconectada emocionalmente. En términos familiares, esto puede desgastar los vínculos, debilitar la confianza y generar tensiones difíciles de nombrar, pero muy presentes.
Frente a este panorama, en el podcast “Todo Comunica” reflexionamos sobre caminos posibles para contrarrestar la tecnoferencia. A continuación, te comparto algunas ideas prácticas para recuperar la presencia en nuestra comunicación cotidiana.
La primera de ellas es establecer zonas o momentos sin dispositivos: Durante las comidas, al dormir o en espacios de convivencia familiar. Estos rituales permiten revalorizar el encuentro sin pantallas de por medio.
También es necesario poner límites al tiempo de conexión: No todo tiene que ser inmediato. Avisar a colegas o amistades que responderás mensajes en ciertos horarios es una forma de cuidar tu atención y respetar la de los demás.
Necesitamos escuchar activamente: Guardar el celular cuando alguien nos habla, mirar a los ojos, hacer preguntas, demostrar que estamos realmente ahí. No es solo cortesía, es afecto.
Asimismo, debemos observar nuestros hábitos digitales: ¿Cuántas veces al día desbloqueas el celular? ¿Qué te motiva a hacerlo? ¿Cuánto tiempo pasas en redes y a quiénes estás dejando de ver mientras lo haces?
Es importante también crear momentos breves, pero significativos: A veces un “¿cómo estás?” con intención sincera tiene más poder que una larga conversación distraída. Son esos micro-momentos de atención los que nutren los vínculos.
De la misma forma debemos incluir actividades familiares sin pantallas: Cocinar juntos, jugar, caminar, conversar sin prisa. La tecnología no tiene por qué estar siempre en el centro.
Y sobre todo debemos usar la tecnología con intención: Antes de abrir una app, pregúntate si realmente necesitas hacerlo. La consciencia es el primer paso para un uso más equilibrado.
En un mundo hiperconectado, reaprender a estar presentes puede parecer un acto de rebeldía, pero también es un acto de amor. Amor a quienes nos rodean, pero también a nosotros mismos. La comunicación consciente no es un lujo: es una necesidad urgente para reconstruir vínculos y sostener relaciones significativas en medio del ruido digital.
El episodio completo de “Todo Comunica”, donde exploramos este tema desde distintos ángulos, ya está disponible. Te invitamos a escucharlo y compartirlo con quienes creas que puede servirles. Y si este tema te resonó, no te pierdas los próximos episodios: cada sábado por la noche estrenamos uno nuevo, donde seguimos profundizando en cómo comunicar(nos) desde el corazón, con presencia, escucha y propósito.
Porque sí, TODO comunica. Y cuando hay amor, lo primero que merece nuestra atención no es una pantalla, sino un rostro.
¿Sabes más de quienes están lejos que de quienes viven contigo? Esta fue una de las preguntas que detonaron la conversación del segundo episodio de nuestro nuevo podcast “Todo Comunica”, estrenado recientemente en el Periódico Acento 21. En este espacio, que comparto con mis compañeras y amigas July Villagómez y Elba Nieves, hablamos sobre comunicación interpersonal y familiar desde una mirada consciente. El episodio del sábado pasado estuvo dedicado a un fenómeno tan actual como silencioso: la tecnoferencia.
Tecnoferencia es un término poco conocido, pero ampliamente vivido. Fue acuñado por los investigadores norteamericanos Brandon T. McDaniel y Jenny S. Radesky para describir la interferencia de los dispositivos tecnológicos en la comunicación cara a cara. Es decir, cuando el celular, la tablet o la computadora se interponen entre tú y quienes te rodean, robando la atención que debería estar en una conversación, una mirada, un gesto compartido.
Y no se trata de satanizar la tecnología. Hoy por hoy, estar conectados a internet es prácticamente una necesidad: trabajamos, estudiamos, gestionamos citas médicas, compras, trámites y, por supuesto, nos comunicamos a través de redes y plataformas. El 20º Estudio sobre los hábitos de usuarios de internet en México 2024, realizado por la Asociación de Internet MX, revela que ya somos más de 101 millones de internautas, el 84% de la población mayor de seis años. Además, casi el 40% de las personas pasan más de nueve horas conectadas al día, y la actividad más frecuente es el envío de mensajes instantáneos.
Conectar digitalmente se ha vuelto algo cotidiano e incluso valioso. Pero, ¿qué pasa cuando esto se convierte en la norma y dejamos de mirar a los ojos a quienes tenemos cerca? El problema no es enviar un mensaje o revisar una notificación. El verdadero conflicto aparece cuando permitimos que esas interacciones virtuales sustituyan –o saboteen– el contacto humano directo.
A veces creemos que podemos con todo: revisar el celular y al mismo tiempo escuchar a nuestra pareja o hijo, contestar un mensaje y seguir la conversación con una amiga. Pero lo cierto es que el cerebro humano no está diseñado para hacer multitarea en contextos que exigen atención plena. La ciencia lo confirma: estudios publicados en la revista Nature señalan que la multitarea intensa afecta nuestra concentración, incrementa el estrés y provoca olvidos. En resumen, estar en dos lugares al mismo tiempo es una ilusión que cobra factura.
Lo más delicado de este fenómeno es que la persona que está frente a nosotros –esa que quizá espera una palabra, un gesto, una escucha real– termina sintiéndose ignorada, poco importante, desconectada emocionalmente. En términos familiares, esto puede desgastar los vínculos, debilitar la confianza y generar tensiones difíciles de nombrar, pero muy presentes.
Frente a este panorama, en el podcast “Todo Comunica” reflexionamos sobre caminos posibles para contrarrestar la tecnoferencia. A continuación, te comparto algunas ideas prácticas para recuperar la presencia en nuestra comunicación cotidiana.
La primera de ellas es establecer zonas o momentos sin dispositivos: Durante las comidas, al dormir o en espacios de convivencia familiar. Estos rituales permiten revalorizar el encuentro sin pantallas de por medio.
También es necesario poner límites al tiempo de conexión: No todo tiene que ser inmediato. Avisar a colegas o amistades que responderás mensajes en ciertos horarios es una forma de cuidar tu atención y respetar la de los demás.
Necesitamos escuchar activamente: Guardar el celular cuando alguien nos habla, mirar a los ojos, hacer preguntas, demostrar que estamos realmente ahí. No es solo cortesía, es afecto.
Asimismo, debemos observar nuestros hábitos digitales: ¿Cuántas veces al día desbloqueas el celular? ¿Qué te motiva a hacerlo? ¿Cuánto tiempo pasas en redes y a quiénes estás dejando de ver mientras lo haces?
Es importante también crear momentos breves, pero significativos: A veces un “¿cómo estás?” con intención sincera tiene más poder que una larga conversación distraída. Son esos micro-momentos de atención los que nutren los vínculos.
De la misma forma debemos incluir actividades familiares sin pantallas: Cocinar juntos, jugar, caminar, conversar sin prisa. La tecnología no tiene por qué estar siempre en el centro.
Y sobre todo debemos usar la tecnología con intención: Antes de abrir una app, pregúntate si realmente necesitas hacerlo. La consciencia es el primer paso para un uso más equilibrado.
En un mundo hiperconectado, reaprender a estar presentes puede parecer un acto de rebeldía, pero también es un acto de amor. Amor a quienes nos rodean, pero también a nosotros mismos. La comunicación consciente no es un lujo: es una necesidad urgente para reconstruir vínculos y sostener relaciones significativas en medio del ruido digital.
El episodio completo de “Todo Comunica”, donde exploramos este tema desde distintos ángulos, ya está disponible.
Te invitamos a escucharlo y compartirlo con quienes creas que puede servirles. Y si este tema te resonó, no te pierdas los próximos episodios: cada sábado por la noche estrenamos uno nuevo, donde seguimos profundizando en cómo comunicar(nos) desde el corazón, con presencia, escucha y propósito.
Porque sí, TODO comunica. Y cuando hay amor, lo primero que merece nuestra atención no es una pantalla, sino un rostro.














